La respuesta

La respuesta estaba aquí, guardada en alguno de mis bolsillos. A buen recaudo, como las llaves de casa. Las mismas que perdí incontables veces y me volví loco para encontrarlas. Siempre tenía la seguridad de que acabarían apareciendo. Debajo de la cama, sobre la mesa o en mi chaqueta favorita. Era cuestión de tiempo.

La respuesta se perdió un día y tras muchas horas de incansable búsqueda, la di por muerta y archivé el terrible caso de su desaparición.

La respuesta se esfumó. No del mismo modo que mis llaves. Ellas siempre regresaban, fieles a mis manos.

La respuesta se fue a buscar tabaco y no volvió. Y entonces la busqué.

La respuesta no estaba ni aquí ni allí. De hecho, nadie la vio salir. No la tenía yo y tampoco la tenías tú.

Por momentos percibí sus pasos y el rastro de su inexorable huida.

La respuesta pasó por aquella playa donde la tramuntana soplaba tan fuerte que por poco se llevó nuestras almas. Donde las rocas nos jodían los pies y a nosotros nos daba igual, todo era perfecto.

La respuesta no dejó ni una puta nota -me hubiese bastado con un no eres tú, soy yo– para que me diera por vencido. Quizás ese era su plan.

S.

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