El pasillo de mi casa

El pasillo de mi casa era el teatro de los sueños -al menos cuando tenía cinco años-.

Solía corretear por allí con aires de Michael Jordan, esperando a que el speaker pronunciara mi nombre y apellidos para saltar a la cancha. Es posible que la cantidad de veces que vi Space Jam tuvieran la culpa. Si a eso le sumamos la afición de mis padres por el baloncesto, el cóctel se convertía en una perfecta mezcla de sueños y realidad.

Era el momento de saltar al ruedo. Las luces del pasillo se apagaban y mi madre daba el pistoletazo de salida a una presentación que muchos equipos de la NBA desearían tener. Me preparaba en mi habitación, que para mi era el jodido vestuario de los Chicago Bulls. Cogía impulso, daba un par de saltitos e intentaba imitar el gesto de aquellos gigantes que invadían cada tarde el televisor del salón.

El último impulso venía cuando desde la otra punta del pasillo oía a mis padres pronunciar mi apellido. Y por allí iba a aparecer yo, como una estrella del rock cruzando el pasillo de mi casa -y de mis sueños- chocando manos y saludando al gran público.

Gracias a ese gran público -a vosotros dos, que siempre creíais en mis sueños- hoy sigo cogiendo impulso, aunque no sea para corretear por un pasillo.

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