De madera y niebla

Se disponía a bajar al parque a pasear al perro. Un jueves más estaba a punto de colarse en la hemeroteca del ostracismo, ese lugar repleto de días sin colorantes ni conservantes, vacíos. Nada que resaltar, un día cualquiera haciendo la misma mierda de siempre.

Miró el reloj. Eran casi las doce de la noche y el frío al salir a la calle era lo único que lo mantuvo despierto mientras el animal buscaba olores familiares entre la hierba.

A lo lejos se intuía una silueta femenina cumpliendo las mismas obligaciones con su mascota. Le resultó familiar. De repente, el chico recompuso sus cinco sentidos mientras se encendía un cigarrillo para encubrir los síntomas de nerviosismo que ese momento le había causado.

En modo flashback pasaron recuerdos que parecían estar extinguidos. Como la noche en la que se quedó pasmado al verla detrás del mostrador de la heladería donde trabajaba, esperando a que le sirvieran un crepe marca de la casa. Era la última persona que esperaba ver, alejado a 1.450 kilómetros del lugar donde se conocieron. Su cara de incredulidad, como si de una cámara oculta se tratase, lo decía todo.

No se habían visto en años, pero tiempo y espacio -caprichosos a más no poder- les hicieron chocar de frente en la ciudad de la niebla, la lluvia y los casi nueve millones de habitantes. Se guardaron un par de secretos -a besos- para despedirse hasta nunca jamás.

Era jueves, hacía frió y su perro suplicaba tembloroso volver a casa para enroscarse en la cama. La chica había desaparecido -de nuevo- mientras él se enfrascaba en recordar viejas historias, buscando una respuesta a todo aquello. Atravesó el parque en sentido contrario y miró fijamente aquel solitario banco donde en un momento de sus vidas, la chica y él habían grabado sus iniciales.

Se acercó pensando encontrar las letras intactas, como un sello perenne de su adolescencia que debería seguir incrustado en alguna parte de aquel banco de madera.

Sin embargo, el chico no encontró nada más que un buen montón de cáscaras de pipa, bolsas de patatas y ni un solo rastro de las letras. ¿Quién las había quitado y porqué? Se preguntó mientras ponía rumbo a casa con pies ligeros. Quizá aquellas letras ya no querían estar allí y se fueron con la fiesta a otra parte, tal y como aquella silueta –ella– había hecho desvaneciéndose entre sus recuerdos.

S.

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