Ver, oír y callar

Encerrado en mi habitación, entre cuatro paredes, escuchaba canciones de Phil Collins en mi walkman -desaparecido, recompensa de un millón de euros para el que lo encuentre- mientras resonaban gritos y más gritos.

Recordaba entonces lo que me dijiste, un consejo que siempre llevé al extremo más profundo: ver, oír y callar. Lema que hasta hoy he seguido a rajatabla. Como un escudo o una gran muralla en la que resguardar mis miedos. Siempre callé -igual bastante más de la cuenta- pero lo seguía viendo y escuchando todo con detenimiento. Quizás por eso puedo analizar demasiado bien a las personas y escucho algo más que palabras, mientras yo todavía soy incapaz de hacerlo hacia el otro lado, hacia quien intenta sentirme.

Lo vi todo, también lo oí, pero nunca os dije nada. Estaba terminantemente prohibido. No me importaba, hasta que me di cuenta que mis siempre escuetas afirmaciones son las secuelas que el ver, oír y callar han dejado dentro de mi. Esclavo de tres verbos forjé una personalidad que supo almacenar sentimientos sin sacarlos nunca a la luz.

Ver, oír y callar dejó de parecerme divertido, ¿era demasiado tarde? Por supuesto que no. Cuando algo no me gusta, lo cambio. Así que me dispuse a cambiar uno de esos verbos para rescatar sentimientos, dolor y alegría acumulados que deseaban explotar hacia afuera.

Ver, oír y callar se convirtió en ver, oír y escribir.

Ahora tengo muy poco que callar, y mucho que escribir.

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