Amaneceres por vivir

Entre tragos amargos discerníamos, el uno frente al otro, intentando arreglar un mundo que hoy parecía tener otro color. Entre caladas y risas se esfumaba una noche distinta, que al pestañear se convirtió en una puesta de sol, mientras las olas y un frío aterrador me hacían recuperar la esencia perdida.

Me preguntaba en qué momento había vuelto en mí la sensación de tenerlo todo bajo control, no recordaba la última vez. Recorríamos cada rincón de Barcelona como si nunca hubiéramos estado allí, nos hacíamos gigantes a cada paso.

Todavía resonaban en mi cabeza las canciones de un concierto mágico, detonante de una sensación de libertad que no sabría expresar con palabras. Mi mente no podía dejar de tararear lo que acabábamos de escuchar -y sentir- al son de mis pies, que sin seguir el compás parecían haber cobrado vida propia aquella madrugada.

Sin planearlo, sin poner expectativa alguna, aquella noche, aquél concierto y aquél tímido amanecer en el mar como Dios nos trajo al mundo me regalaron un recuerdo especial imperdible. Si tuviera una lista de las mejores noches vividas, esta se colaría rápidamente en el podio sin previo aviso.

Despertar con arena hasta en las orejas era un precio demasiado barato, que pagamos con el gusto de ver amanecer al mundo, y de sentir la sensación más fabulosa de todas; la de vivir.

S.

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