El Pequeño Tilde

Seis gigantes perdidos en la inmensidad de un bosque que no parecía tener principio ni fin.

Esas bestias de madera merecían ser encontradas, nadie se iba a ir de allí sin dar con los colosos. La búsqueda no fue fácil, nadie parecía saber nada acerca de ellos. Preguntamos a una decena de personas –excuse me, we are looking to find this monsters…así, en perfecto inglés- y nos trataban de locos.

¿Sería el secreto mejor guardado de Dinamarca? El hecho de no tener ni un rastro nos inquietaba, queríamos una pista. La incertidumbre nos llevó a un restaurante prácticamente vacío. Entramos allí en busca de respuestas, un último I don’t know where this kind of shit are nos iba a mandar a casa cabizbajos y dejaríamos de hablar de esos monstruos inexistentes. Pero teníamos una corazonada.

Pusimos un pie en la entrada del restaurante donde únicamente una pareja cenaba con un silencio sepulcral en una de las esquinas. El camarero se acercó hacia nosotros y con voz de tenor nos preguntó si íbamos a cenar. Sus más de dos metros de altura nos obligaron a alzar la mirada hasta el techo, sintiéndonos todavía más pequeños -ese grandullón era lo más parecido a los monstruos que andábamos buscando-.

Su puesta en escena nos hizo estremecer, pero pronto nos dimos cuenta de que su amabilidad y servicialidad no hacían justicia a ese porte de matón checoslovaco.

Al final, la pareja de daneses que parecía esconderse entre las mesas alzó la voz. Nos acercamos. Ellos sabían dónde estaba aquel bosque prohibido, custodiado por media docena de criaturas talladas en madera.

Cogimos el primer tren -sin sacar ni el billete- con tanta emoción que de repente nos percatamos de algo. Íbamos en dirección contraria. Sin embargo, las ganas de llegar al lugar mágico alcanzaban ya las nubes. Tras varios trayectos, en los que bajamos huyendo de las garras del revisor, nos plantamos allí.

Sin mapa, con un par de piezas de fruta y una botella de agua en la mochila, alcanzamos la primera bestia. El pequeño Tilde -así le apodan en tierras norteñas- se alzó ante mi, mientras mi colega neozelandés sacaba un retrato para el recuerdo. Cumplimos con nuestra misión, kiwimate, y regresamos a casa con una hazaña más que contar -una de las que si se puede explicar, claro-.

S.

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