Lo viejo por lo nuevo

Uno de los momentos más dolorosos en la vida es ese preciso instante en el que te das cuenta -y muchos me entenderéis- que cumplir años ya no te hace ni puñetera gracia. Que ha pasado más de un lustro desde que se apagaran las velas que soplaste con mucho entusiasmo, donde aparecía un tierno ’18’ y te ibas a comer el mundo por los pies.

Casi siete años más tarde, en mi habitación permanecían, intocables, pósters de estrellas de la NBA -lo único inamovible de mi rincón de pensar-. Jugadores a los que idolatré, por los que perdí horas de sueño observando con detenimiento maravillosos partidos a altas horas de la madrugada, poniéndome incluso el despertador para estar fresco frente al televisor, con los ojos bien abiertos para no perderme nada.

La fantasía se apoderaba de mí al verles jugar. Seguía saboreando cada instante, cada triple o mate y me iba a la cama con una sonrisa de oreja a oreja -el examen del día después no sería tan importante como un Lakers-Celtics, por supuesto-.

Pero las fantasías tienen las patas muy cortas y solo dos destinos posibles: se cumplen o se acaban. En mi caso, tardé poco tiempo en darme cuenta que nunca me enfrentaría a Kobe Bryant en un séptimo partido de las Finales. Sin embargo, esas horas perdidas de sueños nunca dejaron de llenarme el pecho de sueños infinitos. Leía hasta que me dolían los ojos, sobre la última crónica de un partido que quizá acababa de ver, sabía que leer era la única y mejor opción para mantener vivo el sueño de un niño, que ya no tan niño se habría propuesto sin tan siquiera saberlo una meta con mayúsculas: periodismo deportivo.

Los obstáculos, que todos y cada uno de nosotros tenemos para alcanzar objetivos, crecían cada vez que me tocaba soplar las velas, que se apagaban con pequeñas dosis de resignación con los 19,20,21… blá blá blá. Pero en un momento de decepción máxima, esos a los que solemos catalogar como estar en el pozo pudieron dar con la tecla correcta. No era demasiado tarde, para nada, ni mucho menos. Todos los caminos llevan a Roma ¿no? Me llegué a decir a mí mismo, cuando todo parecía alejarse de lo que realmente ansiaba, que podría hacerlo, con fe y corazón.

Tras muchas batallas por dentro, todavía no sé realmente si el camino que tomo es el correcto -y quién cojones lo sabe- pero lo que si sé es que mantengo un sueño y lo rejuvenezco con pasitos cortos. No ha muerto, sigue ahí, como un antiguo amigo al que pareces empezar a conocer realmente ahora; lo viejo sigue siendo nuevo.

S.

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