Una semana en el espacio

Mochila preparada. Todo listo.

Me disponía a subir a la nave nodriza con aires de superioridad, hubiera vomitado todos mis males allí mismo para soltar peso y llegar antes al espacio.

Reconocía mis impulsos, me reconocí a mí mismo subiendo a la cápsula interestelar. Tenía la sensación de haber dormido poco, incluso de no haber dormido en varios días. No le dí demasiada importancia -lo mejor estaba por venir, me dije- y solo vislumbraba un viaje en las alturas, casi sin vértigo aparente.

Pensarlo era entrar en un paraíso artificial que solo aparece cuando tus recuerdos cercanos son ridículamente maravillosos. Y de tanto pensarlo, perdí la noción que separa la realidad de la ficción durante algún tiempo -corto e intenso- que se hizo eterno en mi interior.

Pensé que flotar era cosa de magos que visten túnicas granates, no de muggles de tres al cuarto. Pero ahí estaba yo, con cara de póker frente a mi rutina -fugaz, por unos días- a punto de subir al cielo.

Hasta que de tanto subir me dí un golpe contra el techo, recuperé el aliento, la cordura, el cerebro. Y entre frases tópicas, clichés y dosis de cruda realidad, me di cuenta;

Había pasado una semana, una semana en el espacio.

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