Esperar con ritmo

Y ahora me da por escuchar a los Crystal Fighters. Reproduzco en bucle canciones de IZAL, tarareo Caminito al Motel, de un grupo repleto de fanáticos niños de papá sin pensar en nada más allá de la realidad que hoy me cura un poquito el alma. Sin prejuicios.

Me teletransporto a la ficción de los anuncios de Estrella Damm todos los sábados a altas horas de la noche, entre amigos -y tragos, y humo-. No parece demasiado real, pero lo es. Resuenan canciones con regusto agridulce, entre el misticismo y el olor a sal de un día leyendo en vertical un libro cualquiera, tendido al Sol, y recupero el sentido de las pocas cosas que sí lo tienen -no preguntes cuales-.

Como las canciones que me da por escuchar, devorándolas una y otra vez -como Perdidos a primeros de julio-, me abducen las olas que se enfilan a unas pocas rocas en donde una pareja de turistas se inmortaliza a cañonazos de un teléfono móvil. Y me quedo allí, esperando algo -no preguntes qué- hasta que se va el Sol, y yo me doy media vuelta.

Sigue sonando IZAL, sigo montando un karaoke improvisado, aunque algún señor de avanzada edad me observe con recelo mientras espero a que el semáforo se ponga verde. Y seguirá sonando, hasta que se vaya el Sol, hasta que deje de esperar. Hasta que sepa lo que espero.

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