El Vuelo

Las mejores decisiones se toman en un suspiro, sin meditarlas, sin charlas con la almohada, ni con amigos, ni con tus padres. Parecen haber estado ahí, esperando su momento para -de repente- precipitarse a lo kamikaze entre tu piel, y ya no hay vuelta atrás.

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Un mes antes de El Vuelo compraba mi billete -solo de ida- y fue entonces cuando me di cuenta que todo iba a cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Los días pasaron lentos hasta que puse un pie en el avión dirección Stansted. Londres esperaba y yo, que no tenía ni puñetera idea de lo que me deparaba allí, comencé a temblar como un niño que afronta su primer día en un colegio nuevo. Me di media vuelta mientras mis maletas pasaban el control del aeropuerto, con una sonrisa de oreja a oreja me despedía de papá y mamá, una sonrisa que pocos minutos después se convirtió en un mar de lágrimas mientras me inmiscuía en la terminal camino a dios sabe dónde.

No fui consciente de nada, me precipitaba hacia una nueva vida sin tener demasiado en cuenta –hemos venido a jugar, me decía- que mi inglés en aquellos momentos era más bien una broma de mal gusto. Tendría que buscar casa y trabajo en tiempo récord, lejos de todo lo que siempre ha sido casa -amigos, familia y mi compañero de vida peludo-.

Tras dos horas y poco de vuelo, donde únicamente me dediqué a mirar boquiabierto la inmensidad de Los Alpes, el azul brillante del Atlántico y cuánto de diferente era Gran Bretaña desde el cielo a lo que es Barcelona o Girona. Siempre con el Ipod en mano, cargado de canciones de los Rolling Stones, Queen, Phil Collins o Dire Straits que me daban impulso y ganas de empezar a comerme el Reino Unido de la cabeza hasta los pies.

El avión desplegó el tren de aterrizaje, seguido del temblor que a muchos nos aterra y al mismo tiempo nos tranquiliza -hemos llegado, gracias Ryanair-, e incluso algunos aplauden, algo que al menos a mi me provoca un poco de vergüenza ajena. Entre aplausos me apresuré a recoger mi maleta, tenía prisa por descubrir lo que me esperaba allí.

Pasaron días, semanas y meses, mi inglés mejoró y hasta me animé con el italiano, todo eran progresos. Sin embargo, la mejor sensación que sentí fue la de subirme a aquél avión sin mirar ni un segundo atrás, solo para deciros adiós -hasta luego, no sé cuando- y acto seguido despertar mi yo más profundo, porque al final, las decisiones que salen de tus entrañas te enseñan qué tipo de persona eres. Fue en tierras británicas donde me conocí un poquito más, donde perdí el miedo a volar, a hablar, a lanzarme al vacío y a inventar lugares mágicos en mi interior que nadie me puede quitar hoy. Cheers, London.

S.

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