El Plan Más Simple

Escribo sobre las últimas páginas de un cuaderno en blanco.

Sobre el peligro que siempre azota la mente de un escritor sin ideas. La inmensidad de un folio, virgen de palabras, -sordas y necias en su gran mayoría- me incita a insuflarle tinta, como un niño coloreando en días muertos de verano. Sin ningún plan, sin un objetivo a la vista, solo por pura diversión, por sentir el placer de darle vida a mis sinsentidos en un par de folios que palidecen a la luz del sol.

Mientras escribo, sacudo mi cerebro de un letargo que a diario se apodera de mi. Disfruto y divago en soledad, el sol me abrasa -otra vez olvidé echar factor cincuenta en la mochila- a sabiendas que, en unas horas pareceré una serpiente mudando la piel. La gente se apostilla cerca del mar, entre sombrillas, neveras y flotadores lamentables tales como flamencos, unicornios y otras criaturas que parecen haberse puesto de moda.

Yo, sin embargo, intento trazar un plan -qué palabra más odiosa- con el que llenar mis días libres. Quizá esto no tenga ningún propósito. Sin rumbo, sin reloj, sin ideas y sin un verdadero plan. Quizá se trate de esto:

De pensar un poco menos. De sentir un poco más.

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