Vivir

Intento hacer vestidos de tinta entre cuatro paredes, repletas de sueños y temores. Me paro a sentir un poco la vida, a saborear instantes que antes se cruzaban ante mí sin ningún estímulo aparente. Subo un poco la vista, me quema el Sol, me queman los pensamientos. No hay vuelta atrás, después de aprender a saborear momentos cuesta mucho frenar en seco una escalada que deja por el camino los días de supervivencia vital. No hay más días así, ahora los siento, muy dentro de mí.

Intento degustar cada gota de café, cada chiste malo, cada sonrisa, todo. Compartir momentos de carne y hueso, de sudor, de lágrimas, de humo y alcohol. Avanzo hacia allá donde siempre quise ir, con miedo -y mucho-. No veo la distancia que separa lo irreal de lo cotidiano, todo se ha convertido en un único modo de actuar.

Intento, de algún modo, reconocerme entre mis pensamientos más íntimos -esos que susurran despacio, pero que siempre anduvieron por ahí- para vivir, un poquito más real. Perdimos muchos momentos por no alzar la frente y mirar a los ojos a todos aquellos que siempre están.

Intento pedir ayuda, un hecho que me atenaza siempre desde bien pequeño, para vivir. Solo tenía que subir la cara hacia el mundo que sufre y vive por partes iguales para darme cuenta de lo necesario que es muchas veces levantar la mano. Siempre habéis estado aquí, conmigo, y ahora lo sé, por eso hoy; vivo más vivo que nunca.

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