El día que soñé con Albert Einstein (Parte I)

Todos sabemos lo que significa la palabra gravedad en el sentido más puramente físico. Incluso Google te ayuda a descifrar la maravillosa ciencia gravitacional con esta definición:

La gravedad es una de las 4 fuerzas fundamentales de la Naturaleza, basada en la atracción entre objetos. Los objetos tienen masa, es decir, están formados por una cantidad de materia. Cuanto mayor sea la masa de un objeto mayor será el golpe de atracción gravitacional.

Tras esta breve introducción, procedo a contaros un de los capítulos más trágicos de mis veintiséis años de vida. Para poneros en contexto, deciros que tengo vértigo y pánico abrupto a las alturas y que esto os ayudará a entender la miserable escena que relataré.

Todo empezó cuando se propuso hacer una Via Ferrata en mi grupo de amigos, para celebrar el cumpleaños de uno de ellos. Yo, que me apunto a un bombardeo, dije que sí al momento y claro está más tarde tuve que buscar qué diantres era aquello de la Via Ferrata. Para sorpresa, las primeras imágenes que vi fueron las de gente que poco valoraba su vida, enfundados en cascos y arneses, sonrientes y felices de estar pendiendo de un hilo de vida (que casi me cuesta la mía) a unos pocos metros de altura, sobrevolando el mar aferrándose a unas rocas.

Al ver aquello me quedé translúcido y me pregunté porqué había aceptado esa misión imposible, aunque por orgullo, cinismo y masoquismo no pude rechazar la propuesta días después: alea iacta est.

Se acercaba el ‘día D’, me fui pensativo a la cama sabiendo que al despertar tendría que poner toda la carne en el asador para salir del apuro. Despertarme sudando como un gorrino tras tener un mal sueño relacionado con la caída libre y corpórea de mí mismo no ayudó demasiado y aquella mañana me levanté como un resorte de la cama, como si quisiera acelerar el tiempo y no volver a tener ese nerviosismo que uno tiene cuando llega el día del examen.

Llegamos a los acantilados, nos presentaron a un profesor que posiblemente nos doblaba en fuerza y altura a todos nosotros. Su sombra parecía tan alargada que bien nos podría haber servido para echarnos unas sillas y sacar la pipa de la paz mientras nos mecíamos y él, nos taparía el sol y toda la maldad que habita en el mundo. Lo más parecido a Thor, el Dios vikingo, que he podido presenciar en directo. Su bíceps era del diámetro de mi cabeza. Sus piernas, las envidiaría el mismísimo Cristiano Ronaldo. Se me ocurrió que si en algún momento alguien caía al vació ese titán lo rescataría con el dedo menique mientras se liaba un cigarro con la otra mano. Minutos más tarde acabó de confirmar sus aptitudes para la escalada. A la vez que alguno de nosotros se le ocurría pestañear, ese señor ya había alcanzado la cima del siguiente acantilado y nos observaba desde el más allá con cierta displicencia.

Ataviado de cables, casco, guantes y el corazón saliéndome por la garganta me dispuse a iniciar el camino con un tembleque que no pude esconder a ojos de nadie. Posiblemente el primer tramo no era más que una prueba y, la caída, de un par de metros cuando yo ya sentí que las pulsaciones se aceleraban más y más.

A poco que avanzábamos por la ruta, con vistas increíbles del mar y a los ojos de un sol abrasador de verano, mis sentidos se agudizaron y pensé que el miedo se había quedado atrás, aunque mis pies seguían bailando como un profesional de claqué o un narco en la fiesta de su primo. Sin embargo, el miedo que pensé haber dejado atrás me lo encontré de frente un par de horas después y me dio un susto de muerte, pero no quiero avanzar acontecimientos. Mis amigos seguían preguntándose si aquel autómata con casco era yo o un alma errante debido al color blanquecino que apareció en mi cara al ver cómo seguía el camino, unos diez metros más arriba. Alcé la frente y vi que aquello me comenzaba a superar. Bajo la atenta mirada del grupo (yo era el último de la fila en homenaje de Manolo García) me dispuse a subir escalón a escalón por una escalera que se me hizo interminable. El llegar arriba pensé que quizá había envejecido setenta años, aunque en ese momento no mirar hacia el vacío era lo más importante.

Siguiente parada, un puente (por llamarlo de alguna manera) que, literalmente, pendía de un hilo metálico y ya. No apto para cardíacos y aprensivos y yo reunía ambas características. Es como ir a una entrevista para ser político y no haber mentido en tu vida.

Pensé que era mi momento, era allí donde iba a superar mi miedo a las alturas y tras atravesar ese puente maldito podría escalar el Everest con las encías si fuere preciso. Lo primero se cumplió, salí del puente como un gato de la ducha y no miré atrás, por si me hacían repetirlo. Lo segundo, veréis que no. Cuando todos nos encontrábamos al otro lado las miradas se postraron en mi cara de desencajado pidiendo clemencia, fue allí donde quise demostrar el valor que une a los más imbéciles humanos del planeta. Porque si es cierto que de los cobardes no se han escrito nada, pero los valientes tienen un gran apego a caer en desgracia, si no que se lo digan al pobre Krilin. En aquel momento nuestro Thor nos dio la opción de abandonar la ruta e ir directamente al final del recorrido sin tener que pasar por dos horas más de tortura a más de veinte metros de altura. Sin embargo en un arrebato de valentía dije que iba a seguir, que pasar ese puente posiblemente era lo más difícil que había hecho en mi vida, incluso más que dejar a mi ex.

Pero no estaba en lo cierto y pronto me di cuenta del embolado en el que me había metido. Tan pronto como uno de mis brazos dejó de funcionar y cayó a peso muerto acompañado de mi cuerpo, que tardó una milésima de segundo en quedar estampado contra las rocas y colgado como Mufasa en el Rey León, pero sin ñus ni cebras debajo, allí en lo más hondo solo se percibí agua y rocas, quizá mas rocas que agua y fue cuando me di cuenta de la gravedad del asunto: estaba colgando y mis músculos dijeron basta. Sangrando por las rodillas, miré hacia abajo y sentí que me engullía una sensación nauseabunda, la de no depender de mi mismo. Volví a mirar al abismo y por un momento, me pareció ver a Albert Einstein con cara condescendiente, expresando un “te lo dije, y no me hiciste caso, gilipollas”.

Albert Einstein, genio y figura contemplando el panorama

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