Sacando el polvo

Hacía demasiado tiempo que no me ponía a escribir.

Y en todo ese tiempo han pasado demasiadas cosas, algunas no tienen cabida en estas letras, otras sí.

Las que sí, merecen estar aquí, en un buen estante. He tenido que sacar unos dedos de polvo al ordenador, a los bolis, al escritorio -y un poco a mi cabeza-. Quizá haya sido el peor verano de la historia, pero aquí seguimos.

No sé demasiado bien en qué día vivo, en qué punto estoy ni a dónde me llevan las olas. He aprendido en poco tiempo a fluir como nunca, a no mirar el calendario y a dejar que las preguntas se las hagan otros. A que se pueden tener días horrorosos sabiendo la crudeza de las cosas, cuando las cosas salen mal. Que los días horribles siempre acechan, pero cómo y qué bien curan y te suben para arriba los que te quieren -siempre, los que te quieren bien- con gestos de simpleza.

Este verano, he disfrutado cada sorbo de cerveza. Cada puto cigarro -y qué puto asco, pronto viene el cambio-. Cada chiste malísimo. Cada beso, cada abrazo, cada ¿cómo estás? como nunca antes lo había hecho. Cada canción. Todo. He tenido esa dulce sensación de querer parar el tiempo porque no me faltaba nada.

Será difícil poder olvidarme de estos meses. El aprendizaje está en lo sencillo, en la simpleza de vivir bien, de levantarse y acostarse sabiéndose uno mismo quién es.

Tengo unos padres increíbles, unos amigos que son media vida.

-¿Le pongo algo más?

-No, gracias. Estoy servido. Se puede usted quedar el ticket.

Seguimos.

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